20/8/10

Hierro - Bronce - PLATA -Oro

La ciudad se expande en círculos inscritos unos en los otros.
Al menos tres cinturones cuento que hemos de traspasar para dejar lejos las defensas exteriores hacia el corazón de la capital.
Son como cintas de esencia de un hechizo en las que se acrecientan la paz y la tranquilidad.
Aquí se escucha el canto inalterado de los pájaros y hay risas de niños y adultos.

Con paciencia nuestros pasos son transportados a través de las avenidas y los vericuetos en una procesión a las que las miradas observan con sorpresa, curiosidad y velada veneración.

Antes de que nos conduzcan a la verdadera médula, la travesía de los incomparables palacio, es necesaria una pausa ante guardias nuevos y oficiales de gala.
Nos reciben no como escolta o vigilancia sino con el boato y la reverencia de un sentido recibimiento.

El hecho es que hemos conmovido a la ciudad y esta se presenta apasionada.
No suelo, últimamente, hablar así pero que le voy a hacer si a mi también me arrebola su influjo.

Frágiles somos en la superficie del mundo y solo en los interiores reside la fuerza y arde pero... cuando no es así, cuando se inflama a plena luz del día o del titilar de las estrellas y el fulgor de la luna no apartas los ojos de ello por que es el milagro de la esperanza liberada de su cárcel y sus cadenas sombrías para que la tomemos sin limitaciones, es imposible frenarse.

Si, es una esperanza diferente para cada uno que la reconoce a sus ojos pero aunque la rama de la que pende su fruto sea para ti diferente de la misma raíz siempre bebe.

La esperanza se concreta cuando el sumo sacerdote acude bajando del templo de la torre.

El venerable Aius nos contempla con serenidad benevolente junto a otros afables ancianos.

Solo quiere cerciorarse que lo que los recuerdos advierten es la verdad que las palabras le anticiparon. Que la verdad existe y es cierta.

Los ancianos no están solos, junto a ellos acude un hombre mas joven, un mago, Bágarok se presenta, con la piedra oscura y opalescente de un Maldito encerrado sobre su pecho, tan familiar como las que Eugen gusta de tener en sus manos.

Pero olvido su presencia puestos mis sentidos y mis emociones en una perspectiva lejana a mis propios pensamientos personales.

Las pruebas palpables de los reecontrados Similce y Kandar es la ultima barrera que restaba.
Los viejos amigos la abordan con paciencia por la falta de recuerdos y el apremio.
Y nos invitan a el interior de los palacios y las salas principales.

Decir que Similce es Charo y que Ariel Kandar es simplificarlo mucho.
No son meros nombres. Son los suyos y las alegrías que reportan superan con mucho a los malos tragos.

Por que hay alguien al que encontrar y cualquier demora escomo un desacorde invisible.

El palacio noble, parte del armonioso conjunto del circulo mas profundo de la ciudad se abre a nosotros de par en par.
Apenas algunas conversaciones contenidas se escuchan.
Por que lo que se acomoda es el silencio de la excitación.
No recuerdo si ya se lo anunciaron a Ariel antes de entrar o aproximarse, pero sabéis, ese detalle no importa de ninguna manera.

En la habitación, profusamente decorada, la mujer rubia e hermosa de sobrios y elegantes ropajes canta con sus ojos todo detalle que a mi me falta en estas mis palabras.
Ojos quizás húmedos o quizás bañados con el brillo de la luz de la liquida plata mas pura.
La tea de la mas firme llama de amor conflagra en ellos, con toda la espera guardada y su límpido premio.
La canción de la madre que abandona el penar en los brazos del olvido que le otorgan otros brazos.

Niurin toma a Ariel entre sus manos, con la determinación y la delicadeza despojados de la necesidad que nacen del reencuentro con su hijo.

Se dicen las primeras palabras en mucho tiempo.
No importa mas que ese momento tejido en la argentina lineas de la humedad de los ojos, la sequedad de la boca y el fuego en el corazón.
Un instante que ilumina el alma. Que no pasa sino se abandona nunca el regocijo.

Y no se abandona.

El placer de mas besos, de nuevas miradas. De la ocasión de conocer a su hermana Nun, tocarla. Presentarla a su abuela Charo.
Compartir sus primeras sonrisas cómplices. Su hermana mayor y ahora mas joven.
Conocer a sus primos ya no tan lejanos y saborear sus nombres.
El joven Laukas y la dulce y valiente Similce que honra el nombre de su tía abuela.
Amigos y parientes. Insignes visitantes. El mas apuestos de los príncipes y la mas impresionantes de las reinas.
Todo esta bañado por la claridad argentina de los afectos.

Sobre la guerra que habita una legua afuera y de la que vibrantes cantos épicos y narraciones podría trasladar a este diario tan simplemente no me esfuerzo hoy y ahora en escuchar la mas mínima nota.

Al igual que con esta ciudad alejada tras los círculos exteriores de la crueldad cada uno necesita este centro brillante.

Por que es el tiempo del reencuentro y de que el viaje trazado descanse y se mezca en el lago pausado de la voces amigas.

Peno que mis lazos se encuentren tan lejos y que mi propias angustias se conviertan para mi en un ruido que entorpece lo que es magnifico. No siempre en silencio pero si mas que lo hubiera hecho.

Lo sabia al venir aquí y se lo que me dije.

Que las victorias ocurren sin empuñar un arma y reside en caricias si dadas, en miradas mas que cómplices tenidas y las preocupaciones complementamente sentidas.
Lo que viene después esta dentro de lo que se hace por que se elige.

La Victoria es el tiempo de amar sencillamente y ser amado de la misma forma.

No hay otra.

1 comentario:

Desde mi ventana dijo...

Hola Ketil,

Qué haríamos sin las palabras? Cómo sería no tener la oportunidad de ver con qué gracia algunos las desgranan, como buscando traspasar con ellas hacia las cosas verdaderas.

Yo también creo que únicamente aquél que ama y es amado de igual modo, está en condiciones de comprender lo verdadero de identificar con ello la Victoria. “Que las victorias ocurren sin empuñar un arma”, dices, y te recuerdo que no en valde esa es la ocupación que el padre de los dioses le encomendó a Afrodita.

Un placer pasar a saludarte.

Un fuerte abrazo
Núria